jueves 3 de marzo de 2011

Tiempo Cobain


Texto publicado en el portal digital www.prodavinci.com con motivo del aniversario de nacimiento de Kurt Cobain

A 44 años de su nacimiento, su voz continúa resultando un himno para aquellos que en la década de 1990 fueron testigos de ese andrajoso y revolucionario estilo llamado Grunge que, como todo clásico, no pasa de moda

Por Rubén Machaen | 28 de Febrero, 2011

En muchas de esas madrugadas interminables dezapping frente al televisor, toparse con un video de Nirvana suele ser una grata sorpresa: ahí, entre la somnolencia y la nostalgia, observando a ese enfant terrible llamado Kurt Cobain, cuyo rostro de niño rubio y risueño, ropa andrajosa y personalidad volátil quedó inmortalizado como la voz de una generación que, aparentemente, nunca llegó a crecer –al menos no del todo- y ahí, frente a una pantalla, recordar ese corto período de Cobain y su olor a espíritu adolescente que el pasado 20 de febrero, de seguir vivo, cumpliría apenas 44 años.

Nació en 1967 en Aberdeen, estado Washington. Flemático e introvertido, durante su infancia tuvo sólo dos pasiones: música y pintura. Su acercamiento a la primera se dio gracias a su padre, Donald, un hombre displicente más preocupado porque su hijo practicara algún deporte a que se involucrara con la música. Allí, en el trailer que su padre tenía por casa, Kurt recibía mensualmente algún LP –Led Zeppelin, The Beatles, AC/DC y The Ramones- por alguna suscripción a alguna revista que nunca recordó.

Hijo de padres divorciados, declaró en 1993 haber sentido lástima y odio por la situación de sus padres. “Recuerdo sentirme apenado, triste por mis padres. Me avergonzaba compararme con mis amigos de la escuela, porque yo ansiaba pertenecer a ese tipo de familia clásica (…) odié a mis padres durante años por esa razón”. Desde los siete años cambió de domicilio paseándose entre las casas de sus padres y sus tíos. A los 14 años tuvo su primera guitarra y –según cuenta en su biografía- en una semana aprendió todos los acordes después de cuatro infructuosos años probando la batería. Desde entonces buscó formar una banda, conociendo al contemporáneo de la calle Young, Krist Novoselic, con quien dio vida a la agrupación Fecal matter influenciados por el punk/rock que marcó la década de 1970 hasta que en 1989 el trío conformado por Cobain (guitarra y voz) Novoselic (bajo) y Chad Channing (batería) conformó Bleach, un disco hecho bajo el ínfimo presupuesto de 600 dólares bajo el sello de la disquera Sub Pop Records.

La voz de una generación

Pero no fue sino en 1991 cuando las mieles del éxito, los excesos y la siempre inesperada fortuna tuvieron lugar. Su segunda producción discográfica titulada Nevermind, se transformó en el himno de una generación que se vio identificada al ritmo de acordes distorsionados, letras intensas y adolescentes y una voz ronca y contestataria que devino en un nuevo género musical: el Grunge.

El tema que marcó hito en la década de 1990 fue Smells Like Teen Spirit, que la cadena MTV –hoy día lo hace VH1- hizo sonar hasta la saciedad haciendo de Kurt Cobain, Krist Novoselic y Dave Grohl –nuevo baterista de la banda- los héroes de jeans rotos, cabello largo y música de garaje que logró hacer sonar en la radio todos los sencillos de Nevermind como Come as you are,Lithium, Lounge act, On a plain y Territorial pissings haciéndole franca competencia a agrupaciones consolidadas y –según los eruditos de la música- más sólidas musicalmente comoSoundgarden, Smashing Pumpkins, Pearl Jam y Sonic Youth.

Así comenzaron las giras, entrevistas y presentaciones. También los vicios y las juergas que van de la mano del calificativo de rock star. En 1992 grabaron Incesticide, disco que pasó sin pena ni gloria por los anaqueles de las discotiendas, hasta que en 1993, Nirvana volvió a la carga con In utero, sencillo de 12 canciones en el que la banda retoma el Grunge ingénito de los tiempos deBleach cuyas líricas, siempre adolescentes y contestatarias, gozaban ésta vez de cierta retórica profunda -e incluso poética- en temas como Heart shaped box, Frances Farmer will take her revenge on Seattle y la sentida All Apologies.

Ese mismo año, el 18 de noviembre en la ciudad de Nueva York, grabaron el disco NirvanaUnplugged. Alejados de las guitarras eléctricas, las distorsiones y la masacre de los instrumentos después de cada concierto, Cobain, Novoselic, Grohl y el nuevo guitarrista Pat Smear, se dieron cita con el público en una sala tan sobria como fúnebre decorada con ramos blancos, cortinas rojas y una lámpara de salón en la que interpretaron ocho de sus temas y cuatro versiones (The Vaselines, David Bowie, Mead Puppets y Lead Belly, respectivamente).

El disco acústico estaba previsto ser lanzado a mediados de 1994. En el ínterin, Nirvana hizo una gira en Europa donde Cobain, hipocondriaco y depresivo desde su adolescencia, fumador empedernido y asiduo a la heroína, se hizo de un coctel que puso fin a la agenda de la banda y lo internó en una clínica de Roma por varios días hasta su regreso a Seattle donde inició una terapia de desintoxicación de la que se fuga a los pocos días.

Vagando por las calles de Seattle se hace de un rifle con el que decide, el 5 de abril de 1994, volarse la cabeza en el invernadero de su residencia. Siendo descubierto su cadáver el ocho de abril por un técnico electricista que visitaba el lugar.

El suicido, la hipótesis y la no aceptación

Poco antes de la desaparición de Cobain, Courtney contrata a Tom Grant, un investigador privado cuya misión era dar con el paradero del líder de Nirvana. Una vez fracasada su tarea y con la opinión pública –y adolescente- revuelta ante la muerte de uno de sus ídolos, se hizo de una hipótesis en la que afirmaba que Cobain no fue cómplice de su muerte: en el cuerpo del músico se encontró una cantidad de heroína considerada tres veces la letal por lo que el disparo estaba de sobra.

Las vigilias de miles fanáticos frente a la residencia de Cobain no se hicieron esperar. Altares improvisados, suicidios colectivos y frases lapidarias escritas como Grunge is not dead (El Grunge no ha muerto) escritas en grafiti estaban a la orden del día y el mercado supo hacer de las suyas colocando el Nirvana unplugged en todas las disqueras del país. Así murió y el hombre y nació la leyenda.

Entre 1995 y 1996 salieron a la luz From the muddy Banks of the Wishkah y From the Muddy Banks of Murray, ambos compactos de canciones interpretadas en vivo y en distintos conciertos.

La fanaticada se negaba a perder a su ídolo.

Investigación televisada

Para algunos, la carta suicida de Cobain hablaba por sí misma. Empezaba con un tipo de letra y terminaba con otra; no tenía coherencia; no son las palabras de alguien que desea morir y pare de contar.

Apenas cuatro años después de su muerte, en 1998, el cineasta y documentalista Nick Broomfield saca a la luz el documental Kurt & Courtney donde mediante entrevistas a los allegados a Cobain busca desentrañar los intríngulis de su muerte basado en el poco apoyo que la viuda Cobain aportó a la historia y cómo se negó a que la música de Nirvana fuese utilizada en la producción.

Aunado a esto, uno de los entrevistados fue El Duce, músico que afirmó que Love le ofreció 50 mil dólares a cambio de la vida de su esposo. Dos días después de sus declaraciones, apareció su cuerpo aplastado por un tren.

El documental de Broomfield iba a ser mostrado en el Festival de Cine Sundance, más tuvo que ser suspendida su emisión ante la amenaza de acciones legales por parte de Courtney Love, por lo que Broomfield se ingenió un nuevo final: un discurso en la ACLU (American Civil Liberties Union) donde ironizó la presencia de la viuda del líder de Nirvana como conferencista invitada después de haber cuestionado y obstaculizado la libre expresión. Broomfield fue retirado del salón por Danny Goldberg, antiguo manager de Cobain.

Luces, cámara, interrogación

Gus Van Sant, director de producciones como Elephant y Paris Je T’Aime, realizó en 2005 Last days, un relato ficticio de los últimos días de un personaje aparentemente músico, aparentemente abstraído y aparentemente suicida interpretado por Michael Pitt. En la cinta no se menciona a Nirvana ni a Cobain. Hecha a base de pocos diálogos, silencios que hablan por sí solos y la –incluso escalofriante- semejanza física entre Blake (nombre del personaje principal) y Cobain, le tejen al espectador una maraña de fantasías y conjeturas sobre la muerte de ese joven hipocondriaco, asiduo de ulceras y delgadez extrema que un día hizo una banda exitosa; otro tuvo éxito y un día decidió morir.

Es la última la que el público se niega a aceptar.

Hoy, a 44 años de su nacimiento, basta recordar su figura, enhiesta y eufórica con la guitarra y el micrófono. Congelar la imagen y colocarla en el palco de los músicos que revolucionaron el mundo y se fueron a los 27: Brian Jones, Janis Joplin, Jim Morrison, Jimmy Hendrix y Kurt Cobain.

http://prodavinci.com/2011/02/28/tiempo-cobain/

Sordas trascendencias

Al pana de La Julia

- Aquí sentando bebiendo en el sitio. Buenos tiempos cuando se medita antes de partir.
- Vainas; la vida; movimiento; move on.
- I Ching; materialismo; cosmovisión. Estoy ansioso.
- Qué más queda.

lunes 8 de noviembre de 2010

Mis cuadernos de don Mario


Trabajo publicado en el portal http://lbnegra.blogspot.com sobre el nuevo premio Nobel de Literatura

Foto: Vasco Szinetar


Mucho gusto, Vargas Llosa

Cuando miro hacia atrás, hacia mis inicios como lector, muchos títulos y autores vienen a la memoria. Todo empezó en la adolescencia, en esa etapa de iniciaciones y coqueteos entre lo real y lo onírico, esos años de fantasía donde se está alegre por toda y cualquier cosa. Y allí, resulta indiscutible la presencia de Mario Vargas Llosa.

A mis 15 años, el nombre del escritor peruano me resultaba ajeno, larguísimo. Ni siquiera sabía si su apellido se escribía con doble ele o ye. Pero ahí estaba don Mario, presente en mi mesa de noche ofreciéndome Los cuadernos de don Rigoberto. Novela que empecé a leer (por mero mandato académico) a una edad donde son las niñas y no los libros las que ocupan los ratos libres, los pensamientos y fantasías.

El trío del diablo entre don Rigoberto, Lucrecia y su vástago Fonchito fungió como llave única para hacerme asiduo de esas páginas reveladoras que (de nada sirve negarlo) lograron abultar mis pantalones (y mi intelecto) en más de una ocasión.

En bachillerato éramos pocos los que nos dejábamos coquetear por uno que otro título de ese monstruo tan inmenso, eterno e indescifrable que es la literatura. Entre mis amigos lectores, comentábamos en secreto y hasta con pudor aquél pasaje en que don Rigoberto baña en miel a su amada Lucrecia dejándola sobre la cama a merced de una manada de gatos cachorros que enloquecen por el melado mientras se consuma el acto sexual.

Pero esas fantasías, cuando se tienen 15 ó 16 años no eran sólo incomprensibles para el común de las niñas del curso, sino que también rayaba en la cochinada. Por eso, mis amigos y yo, manteníamos en secreto esa fantasía de la miel sobre el cuerpo desnudo de cualquiera de nuestras amigas.

El profesor, en clase, poco o nada mencionó este episodio que tanto nos marcó. Incluso leímos que el propio Vargas Llosa dijo que lo erótico era la dignificación del sexo a través de la fantasía y la cultura y, en esa época, donde todos estábamos tan eróticos, a esa fantasía no se le prestaba atención.

Miente, sobre todo miente

Nunca he pretendido que alguien comparta mis puntos de vista. Pienso que es ahí donde radica el asunto de las buenas ideas: pensar distinto. Y una de esas cosas que pensé (o entendí) en algún momento que no busco ni quiero recordar con precisión, es que cuando se arma una relación estrecha con la palabra escrita, pasa a ser una especie de affaire, algo aparte de las relaciones humanas, académicas y laborales. La otra. La amante. La que no deja mal. La que nunca abandona.

Sin pena ni gloria puedo afirmar que fue más lo que me hicieron leer en el colegio que en los cinco años posteriores de periodismo. Pero esa es otra historia. Siempre leía. Leía lo que pedían en clase, lo que recomendaba un amigo, lo que comentaban los odiosos círculos literarios, lo que era best seller y lo que no era best seller. Siempre leía y supe, en los primeros semestres de mi carrera, que la literatura sería siempre el pilar fundamental de mis días.

A mediados de 2006 comencé un curso de literatura con Israel Centeno quien, en una de sus cátedras, nos mostró el decálogo más uno de Juan Carlos Onetti. Once mandamientos en los que el escritor argentino, en su décimo mandamiento, aconseja mentir, siempre mentir y, como esos chistes cósmicos de la vida, una vez más don Mario llegó a mis manos con La verdad de las mentiras. Un libro de ensayos o prólogos donde don Mario lleva de la mano al lector adesentrañar las obras de Conrad, Breton, Marlaux, Orwell, Hemingway, Tabucchi; escritores todos que conocía de nombre y uno que otro cuento, o simplemente no conocía nada.

Miente, siempre miente, me repetía con el libro de don Mario en mi estantería mientras leía las obras diseccionadas por Vargas Llosa cual degustación cuyo plato final era ese libro repleto de ensayos donde estaban todas las claves, todos los secretos, todas las verdades y todas las mentiras.

La política vs mi generación

Puedo estar equivocado pero de mi círculo del colegio, fui el único que estudió periodismo, ergo, la política resultó tema común a lo largo de mi carrera y mi experiencia laboral. En esas charlas de oficina con café, cigarrillos y quizás ron y sustancias controladas, la política estaba ahí, siempre al pie del cañón, ninfómana, pidiendo más, más, más. Mis compañeros (veteranos, claro está) se reían sin malicia de mi desconocimiento sobre el tema. Pero qué va a saber alguien nacido después de 1980 sobre política más allá de textos teóricos, opiniones de intelectuales y videos de Youtube. Mi generación se acostumbró, para bien o para mal, a un solo régimen y una única voz de mando.

En alguna de esas tertulias en "El León" o "Las tres esquinas", volvió a surgir don Mario. Lee La ciudad y los perros, lee Los cachorros, lee La fiesta del Chivo, me decían. Dicho y hecho. Sin embargo, detrás de todo el anacronismo que ha sido y es América Latina, había algo más.

Tenía 19 ó 20 años cuando leí el discurso que dio Vargas Llosa en 1967 cuando ganó el Premio Rómulo Gallegos donde defendía a capa y espada el socialismo, la libertad de las masas y el todo para todos. Décadas después, vino al país a defender todo lo contrario en una Venezuela polarizada, corroída y ensimismada. Y don Mario ahí, enhiesto en Maiquetía, sonriente y defensor de sus ideas en medio de periodistas o caníbales que lo juzgaban y armaban alharaca por el motivo de su visita al país.

Era obvio. Que tú o yo cambiemos de ideologías no le importa a nadie, pero que Vargas Llosa cambie las suyas, pues…ah caray.

Gracias don Mario, por aquél foro en el que en compañía de su hijo y Enrique Krauze, le mostró a mi generación otra rendija, otra óptica no sólo de política sino de ideas puras. Puras por ser ideas, para bien o para mal. Gracias don Mario, pero, de todas formas, pobrecita mi generación.

Indulgencia eterna o utopía latinoamericana

Nunca pude terminar de leer Conversación en la catedral. Perdí la cuenta del número de veces que me enfrenté a ese bloque que, según mis amigos, más letrados que yo, supongo, es ésa obra una de las mejores de don Mario. Está bien, nunca pude. Pero el resto de sus obras no sólo pude, sino que las disfruté hasta la saciedad. Desde la crítica política hasta la estética erótica y sensual y sus columnas en la prensa.

Después de cinco años de carrera, varios cursos literarios y el gusanito de la literatura inacabable más que inacabada, son muchos los autores latinoamericanos que hoy día forman parte de mi cabecera. Cortázar, Onetti, Borges, García Márquez, Paz, Bolaño, hasta Mistral, Pizarnik, Pocaterra y Vargas Llosa son los primeros que vienen a mi cabeza.

Pero más allá del pretencioso acto de recalcar haber leído o analizado a éste u otro autor, el asunto del Nobel siempre fue una piquiña entre mis amigos y hoy colegas, sobre qué autor merece y tendrá el premio más cotizado de la literatura universal o que escritor, de plano, nunca lo tendrá. En este último entraba Vargas Llosa. Escritor juvenil, erudito y ¡latinoamericano! que nunca iba a recibir el Nobel. Si no se lo dieron a Borges o a Cortázar no se lo van a dar a Vargas Llosa, decíamos, pero se lo merece, volvíamos a decir.

La mamarrachada, siempre la mamarrachada

Figurar, tener renombre, hacerse adepto de grupetes intelectualoides y sectarios es el pan de cada día en los recovecos de la literatura universal. Está el odioso, el amigo de todos, el políticamente correcto y el que se monta en un banquito para ver desde otra óptica cómo puede escalar posiciones. Pero ésa es la cara pública. No el poder detrás del poder.

Pero quién sabe quién está detrás del poder en los pasillos de quienes deciden qué autor es merecedor del galardón del Nobel. La cara pública es la de Peter Mikael Englund, secretario permanente de la Real Academia Sueca de Letras, Historia y Antigüedades quien, año a año, sostiene largas reuniones eruditas con el fin de revelar el esperado nombre que pasará a ser un símbolo (buen símbolo) de la literatura universal.

Pero la mamarrachada, siempre es la mamarrachada. Ni en los pasillos de la Real Academia Sueca de Letras, Historia y Antigüedades se vieron libres de ella cuando, hace casi un año, le fue otorgado el Premio Nobel de la Paz el presidente Barack Obama.

¿Qué les queda a los escritores? A los buenos escritores, claro está, nos preguntamos mis amigos y yo en más de una ocasión después del circo de Uncle Sam.

Y es que condecorar a un presidente del país mejor armado y bélico del mundo, como embajador de la paz universal, es casi un chiste político de esos en los que no sabes si reír o llorar o las dos.

Eco y agradecimiento

La literatura no busca enseñar, ser didáctica, abrir las compuertas de la existencia y mucho menos decir la verdad. Para esto están las secciones de auto ayuda y la sociedad secreta de sus lectores que se ufanan y abrazan entre ellos cuando algún autor les revela una verdad universal. Éste tópico siempre ha sido y seguirá siendo motivo de diatribas e incluso enemistades para quienes (humildemente) ejercen el oficio de la lectoría desde la óptica de la estética y el escape.

Esta es una reflexión que, desde mis inicios como lector, serio lector, he tenido presente. Y más estos días en los que las redes sociales se encargaron de someter a votación entre nosotros, quién merecía ganar el Premio Nobel de Literatura. Cualquier firma pasó por mi cabeza, excepto Vargas Llosa, tipo otrora de izquierda, intelectual confeso, ex candidato a la presidencia y crítico mordaz que sin tapujos dice lo que piensa. Pero qué bonito lo dice.

Más allá de la estética, los premiadores suelen no premiar a quienes se lo merecen por que piensen a la diestra o a la siniestra o porque beben mucho o demasiado u opinan así o simplemente no opinan.

Esta mañana del 7 de octubre de 2010 amanecí con la noticia, el hecatombe, de que Mario Vargas Llosa había sido galardonado con el premio más grande de las letras universales. Sentí, además de regocijo, enmienda porque, para que un autor se haga merecedor de un premio de esa categoría, debe ser, después de bueno, valiente. Y si hay alguien valiente, es Vargas Llosa. Hoy, además de darle las gracias, me hago eco de sus palabras: la literatura es lo mejor que me ha pasado.

Hay que leer más.



miércoles 27 de octubre de 2010

Ludosentimental


- ¿Crees en el amor?
- Tanto como en el cáncer.
- Estás pesimista hoy...
- No vale, ¿no ves que estoy jugando a la ruleta? Pásame los dados.
- Bueno...

martes 26 de octubre de 2010

Paliza 2.0.


Quizás hace quince o veinte años hablar solo era cosa de locos. Darse a la tarea solitaria de construir monólogos, declaraciones y mentadas de madre en la comodidad de tu casa, baño u oficina era un placer reservado. Recuerdo una canción: Todo cambia, de Mercedes Sosa. Bien podría ser el soundtrack de mi generación. Cambia, todo cambia. Hablar solo, construir diálogos sordos y armar frases con o sin estética es tan cotidiano como el café de buenos días y la carpa mañanera. El paquete viene en varias presentaciones: inalámbricas, chismosas, fotogénicas y de ciento cuarenta caracteres. Pero va más allá. La tecnología todo lo permite y todos son bienvenidos. Los amigos, los colegas, la familia y los fantasmas. Allí todos se dibujan y desdibujan a placer y la herramienta te dota de poderes románticos, amistosos protocolares y detectivescos.

Pocos nacen para ser detectives y menos para serlo de sus desgracias. Hurgar y cavar como un perro en el infinito hasta el html de tu revelación o sentencia, tan vacía como lo son los universos vistos de lejos. A veces pienso en retirarme, coexistir como los medievales y evitar resurrecciones indecorosas. Mientras, hablo solo, construyo diálogos sordos, revivo fantasmas ajenos en la sobriedad de un bourbon y busco agua bendita 2.0.

Hay algo de doble moral en todo esto.

Culpable.

Paz


- Yo no quiero. ¿Tú?


viernes 22 de octubre de 2010

Coincidencias y séptimo mes


Una noche se despidió sin decir te amo

en una conversación de monitor y sentí

que la pantalla me había cacheteado.

La sabía recostada y displicente, con

el pelo suelto y pies descalzos.

No te lo debo decir cada minuto, dijo,

pero es que las cosas cambian.

Antonio nunca dijo amar a alguien

y tampoco se despedía. Pero algunas

cancunenses lo amaron sin oportunidad

de despedirse.

No sabía si me amaba, sólo se despedía.

Podía verla en un frío Buenos Aires cortaziano,

escuchando la música aleatoria de un canal de

televisión (Green Day, uno de los grupos favoritos

de Antonio) para luego volver a enfrentarse al monitor.

Y todo por no decir te amo, pensó contra la almohada.

Wake me up when september

Ends, dije de este lado.