
Las pesadillas producen locas elucubraciones. La memoria evoca (¿o inventa?) esa serie de actos y personajes nocivos y allí está uno, como parte ínfima y omnisciente de un panorama sórdido: repartiendo golpes, cortando orejas o huyendo de laberintos de los que alguien se tragó la llave; volviendo a aquél salón y a aquél examen y verse allí, con barba de dos días y pelo largo enfrentando al monstruo que es un producto notable. Una vez alguien me dijo o escuché, que es necesaria tanta memoria como olvido. Quizás. Por mi parte, observo a la memoria como un arma de doble filo: por aquí sentimental, práctica y melancólica y por allá punzante y reloj despertador para sonar dentro los fracasos y alegrías. El olvido es una joda, un pañito de agua tibia para no llamar a la costumbre por lo que es, pero ese es otro asunto. Por eso el sueño actúa así, haciendo inventario y decidiendo entre la risa, el llanto, la extrañeza y la quietud. Qué dicha la del sueño tranquilo y reparador. Pobres insomnes, tan ojerosos y tan anti canción de cuna. Y quizás sea eso lo que nos separa de la locura. No está mal un sueño inquieto. No es una condena perenne, ni nos vuelve material de diván. ¿Quién se reencuentra con su memoria siempre sonriente?
¡Apaga la luz y deja la ladilla!
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