
- La piel cambia todos los días. Por ende, los espejos mienten un día antes.
Nunca creí en brujas o nunca creí en sus palabras. Al fin y al cabo, todas en algún momento terminan siendo brujas. Sin el tabaco, la taza de café y los ramazos, todas son o se hacen brujas. Pero esa frase de la lectora de hebras y menjunjes quedó resonando en mi cabeza. Al salir de allí todos eran camaleones. Incluso ella.
Pero el asunto es más complejo.
Lisa siempre estuvo ahí. Un piso más arriba y sin cruzarnos palabra, pero ahí. El primer encuentro real fue más chiste cósmico que casualidad. Vestía de rojo, fumaba gustosa y soltaba sonrisas coquetas. Pensé que era muy buena para ser verdad, porque de alguna manera, según la bruja, hasta el espejo miente y por una divina fascinación mis ojos pactaron fidelidad a los suyos esa noche. El asunto era de barra, gusto, placer, galanteo y picardía. Dinámicas todas irracionales, inevitables, necesarias.
Era simpático, hablaba de Europa, alardeaba de chistes y descubría sus cualidades entre rondas. Ella tenía muchas y en mi cabeza sonaba un clic tras otro y así actué, consecuente a los latidos comunes de quien descubre en los palacios de la noche una entidad para compartir los días que seguían a esos días y besar su frente.
No supe cortejarla, procurar momentos y coincidencias. Pero mi mirada le era fiel. En sus razonamientos llegué a ser displicente, vagabundo y quizás infiel. Había algo de anti heroicidad en mis atributos. Como el personaje que intenta hacerlo bien de mala manera o hacerlo bien sin mirar a quién y por no mirar luego termina con las tablas en la cabeza. Por ese entonces tenía la malicia de los triunfadores, menos frente a ella. Tú no me dijiste qué habías; derrotado; de haber sabido, yo nunca; derrotado; algo me dice que no puedo confiar en tu palabra; derrotado. Mudo y derrotado escribiendo quejas constantes.
Los feriados van de la mano con los tragos y los tragos de la mano con las confesiones. Disipé sus dudas y ella las mías y calló mi boca con la suya a la intemperie de una noche de mar. Nos entregamos a las baldosas, el deseo y la certeza de que ése era nuestro sitio. Nos pertenecimos como si nos hubiésemos pertenecido otras veces en muchos tiempos, derrochamos lujuria y saliva y nos lanzamos al vacío de la perdición de los enamorados.
Fuimos inmortales e indolentes ante el tiempo y las agujas del reloj sólo eran un zumbido en nuestra inmensidad para luego hacer maletas y entre camisas y abrigos llevarme con ella. Me dejó tendido en una silla frente a una cámara y a veces, entrada la noche, logro verme cerca de su cuello. Pasé la aduana y su ritual chequeo y también me quedé en la puerta de embarque desnudo y rasguñado arrojándole de lejos los besos que no le pude dar. Ahora vuelvo a estar sentado en muchas salas de espera hacia un nuevo turno a la inmortalidad, pero ¿Cómo sabremos contar las veinticuatro horas previas a la mentira del espejo? Es la duda de los inocentes que buscan amarse otra vez.
Sólo resta la botella de kerosene. Quemar todas las naves y esperar el ascenso ensordecedor de un pájaro de hierro que cede lágrimas de felicidad y de tristeza y junta códigos postales. A veces pienso que sólo podré dormir en aeropuertos y una que otra noche oigo el último llamado al último pasajero.
Antes de irme, voy a romper un espejo.
Jódete, bruja de mierda.
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